 | Expreso (02/07/2009) |  | | Intercambio de traidores. Expreso (02/07/2009)
REPUBLICANOS QUE APOYARON LEY AMBIENTAL SON TILDADOS DE TRAIDORES.
Ley de Obama superó trámite en cámara de representantes.
WASHINGTON D.C. Con la ley de intercambio de emisiones superando el trámite de la Cámara de Representantes por siete votos, los ocho republicanos que la apoyaron estaban destinados a sentir cierto caldeamiento político. La radio y la red conservadoras los acusaron de aprobar en solitario la legislación “de intercambio de emisiones” del presidente Obama, lo cual es un mito; la presidenta de la cámara Nancy Pelosi hubiera forzado probablemente la cifra necesaria de votos demócratas en ausencia de respaldo republicano. Pero estos ocho republicanos fueron tildados de “traidores” a pesar de ello.
Es típico que elogiemos el juicio independiente y el valor políticode nuestros funcionarios electos –hasta que manifiestan realmente esas cualidades–. Hay que admitir que no era el mejor momento para manifestar la ostentosa conciencia medioambiental republicana. La extralimitación ideológica de Obama en asuntos que van desde el estímulo fiscal a la nacionalización de la sanidad ha puesto de uñas a los conservadores. La recesión ha copado la inquietud económica de la opinión pública, desplazando a la vez las preocupaciones medioambientales –la sequía en el Sahel o las inundaciones de Bangladesh– hasta una brumosa distancia. Y la propia ley de intercambio de emisiones de la Cámara fue un derroche de vacíos legales, concesiones y equilibrios –casquería legal con exceso de menudillos–.
Pero ninguna de estas consideraciones políticas altera una realidad subyacente. Una preocupación seria por la alteración del clima global sigue siendo la tónica dominante (no unánime, pero predominante) entre la comunidad científica, incluyendo a la Academia Nacional de Ciencias. El calentamiento global desde el siglo XIX es innegable –una tendencia no refutada por las variaciones periódicas–. Estos cambios se correlacionan íntimamente con incrementos en la concentración atmosférica de dióxido de carbono desde la Revolución Industrial. La alteración del clima se ha vuelto tan rápida en algunos lugares que está desbordando el proceso natural de ajuste, reduciendo el periodo de cosecha y conduciendo a la extinción de especies. Mientras tanto, las emisiones globales de carbono crecen más rápido de lo esperado. Algunos científicos advierten de posibles “repuntes” –la desintegración rápida de los casquetes de hielo, la súbita liberación de metano de los depósitos naturales fruto del calentamiento del norte– que podrían suponer un desafío añadido a la catástrofe de olas de calor y niveles del mar crecientes.
¿Es seguro o está garantizado este punto de vista? No cuando los modelos científicos se refieren a un sistema tan complejo como el clima de la Tierra. Tampoco es seguro que un arma nuclear iraní será utilizada contra los enemigos de ese país. Pero la probabilidad realista de desastre, en ambos casos, recomienda una respuesta seria.
El abanico de respuestas serias es limitado. El gobierno federal podría gastar directamente en nuevas tecnologías que generen energía sin emitir carbono. Pero el historial del gobierno a la hora de elegir candidatos tecnológicos es desastroso.
IMPUESTO AL CARBONO. Otros proponen un impuesto al carbono –un coste por tonelada emitida, sin exenciones fiscales–. Este sistema sería simple de implementar y difícil de respetar. Pero también castigaría de manera desproporcionada a ciertos sectores industriales estadounidenses que precisan de grandes cantidades de energía –los cementos, el vidrio, el acero y el papel– que se enfrentan a una acusada competencia internacional.
La alternativa final es un sistema de intercambio de emisiones, que fije un límite general a las emisiones de carbono al tiempo que dirija medidas de apoyo a industrias concretas a través de rebajas y compensaciones. El intercambio de emisiones se ha utilizado con éxito dramático para reducir la lluvia ácida –pero nunca se ha empleado a la escala masiva que exige la regulación del carbono–.
Los críticos argumentan que las restricciones al carbono, hasta en el caso de ser implementadas por completo, sólo reducirían la temperatura global en cantidades ínfimas, lo cual es cierto. No vamos a dejar de alterar el clima global a base de regulación. La única solución eventual es tecnológica –la capacidad para generar electricidad barata y limpia a gran escala–.
Pero los conservadores parecen extrañamente decididos a ignorar el poder de los mercados para estimular tal innovación. Ahora mismo, la emisión de carbono es esencialmente gratuita. Imponer un precio a las emisiones haría más rentable el desarrollo de tecnologías energéticas más limpias. Se podrían emplear nuevas tecnologías, no sólo por América, sino también por China, la India y el resto del mundo desarrollado y contaminante. Y es un beneficio añadido (pero no menor) es que los recursos estadounidenses ya no serían transferidos a príncipes saudíes, autócratas rusos o dictadores venezolanos.
Es perfectamente legítimo argumentar que el sistema de intercambio de emisiones de la cámara es defectuoso más allá de cualquier solución –tan complejo y confuso que sólo beneficia a los reguladores y a los lobbistas más listos que ellos– y que el Congreso debería partir de cero con un impuesto a las emisiones.
También es legítimo defender que, aunque el sistema de intercambio de emisiones es defectuoso, es mucho mejor que la inacción y necesario para estimular la innovación. Y para los ocho republicanos de la Cámara que adoptaron esta postura a un gran riesgo político, no sólo es legítimo; es admirable. MICHAEL GERSON. 2009 WASHINGTON POST WRITERS GROUP.
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